
Me esperabas ávido, de deseo.
Tus ojos efervescentes hablaban por si solos.
Guiada hacia el lecho, un arco iris de pétalos de seda me aguardaban.
La fragancia a rosas recién cortadas, inundaban el manantial de mi olfato, con la invitación de sumergirme sobre aquel bálsamo de ternura que para mi habías preparado.
Tutelé tu cuerpo hacía mi boca para inhalar tu aliento desbocado, susurré a tu oído
_ ?Ámame pronto?.
Y una sonrisa esbozo tu rostro, con aquella mirada de picardía que tanto me gustaba...
Invité tu existencia a las profundidades de mi ser, para sentir amanecer de nuevo el día, en un arrebatado sentimiento de codicia, por saciar las ganas de beber con agrado tu néctar.
Reparé como rayos de sol a hurtadillas brindaban, a la par de nuestros cuerpos.
Con burbujeante chispas de placer revueltas en una marejada de olas de sudor, como ocarina dulcificada ungían de dicha mi subsistencia.
Mis senos se erguían, prestos como bandera ondeante por el triunfo de tenerte en el divino epicúreo regazo de mi más oculta oquedad, al sentirse explorada.
Los gemidos de placer desbandaban de mi boca al viento, entregándole una nana donde acunar el placer que me concedía el imperceptible tacto de tus pies, sobre mi punto más erógeno.
En el umbral de un orgasmo incontrolado, temí por ti mi dulce fiera, mi amante, amigo y redentor.
Temí por ti mi caballero sin escudo ni lábaro, pero con el alma tejida de poesía, de tiernas caricias que coronaban mi dicha haciéndome sentir Galatea por la blancura de mi carne enternecida, a los pies de mi venerado Pigmalión.
Cuando por fin colmé mi cuerpo de caricias, y vencida ya por la tormenta incontrolada, baje mis manos hasta mi sexo para hallarte subyugado de cansancio y excitado.
Volví a subirte hasta mi pecho para saturarte de ambrosías, en un clamor de gimoteos al ver cumplida la mayor de mis quimeras.
Tener depositado en mi grial la simiente que hará germinar nuestra semilla.
Copyright © Darilea